Voy a empezar esta conferencia contándoles brevemente la historia de un hombre que nació un 14 de marzo de 1879. Luego les diré de quién se trata, aunque tal vez ustedes lo reconozcan. Se trataba de un niño que nació en la antigua Prusia (un reino de Alemania), en el seno de una familia judía de clase media. Prusia estaba gobernada por Otto von Bismark y era conocida por ser un estado con una disciplina estricta, obediencia a los mayores y a la autoridad. Esta característica imperaba también en sistema escolar, donde era una práctica común humillar a los alumnos.

El niño de quien les he hablado tuvo dificultades: no habló hasta los dos años y medio. Sus padres, en esa época, pensaban que sufría algún retraso mental, idea que se sostenía a causa del extraño aspecto del niño, que desde el nacimiento presentaba una cabeza bastante mayor que el tamaño normal. Más adelante, cuando comenzó a hablar, se lo encontraban en diversos momentos moviendo los labios en silencio, como si hablara solo y repitiendo cada una de las frases que pronunciaba. A los cinco años empezó a recibir clases de violín y la música ejercía un efecto benéfico sobre él, lo tranquilizaba ya que a pesar de tener un aspecto apacible, repentinamente explotaba en rabietas y arremetía contra su profesor o la hermana, mostrando siempre un gran estado de inquietud. 

Todas estas conductas continuaron hasta los 7 años. Por esa época su padre le regaló una brújula y este objeto capto toda su atención, aislándolo de su entorno. Cambió varias veces de escuela porque no lograba adaptarse. Los profesores relatan que tardaba mucho en contestar a sus preguntas, como si se quedara bloqueado y éstos no percibían ningún interés del niño por nada en especial. De hecho, como sus bloqueos obstaculizaban el desarrollo de la clase, le golpeaban las manos con una vara, con la idea de que este castigo era el mejor modo de enseñar al niño a pensar con rapidez. A los 15 años, a causa de un traslado de los padres desde Munich, ciudad en la que vivían, queda bajo cargo de otra familia para continuar sus estudios en la escuela a la que iba. Él no soportaba esta escuela y de un día para otro la abandona sin consultar a nadie. Bien, ésta es la parte de la historia que quiero contarles. Estamos hablando de un niño nacido ahora hace 130 años. (Evidentemente no ha sido mi paciente). Sin embargo para introducirnos en el tema les propongo que hagamos un ejercicio de actualización. ¿Qué hubiera pasado si este niño hubiera nacido hacia el final del siglo XX? Tal vez hubiera sido un “usuario”del sistema de salud. 

Según la edad a la que hubiera llegado al sistema de salud, lo hubiéramos atendido en nuestros dispositivos de Salud Mental (medicación mental), intentando de la mejor manera posible encontrar el nombre que designara a aquello que le ocurría. Por otra parte, si hubiéramos detectado algún índice de negligencia tal vez el sistema de protección hubiera puesto un ojo vigilante sobre él y su familia, para así protegerlo. Si hubiera llegado a los 2 años y medio hubiéramos dicho que el problema de este niño era el de un Trastorno Generalizado del Desarrollo (TGD), y su retraso en el habla hubiera sido el signo principal y, tal vez viendo el tamaño de su cabeza, le hubiéramos indicado la necesidad de hacer estudios neurológicos buscando en el cerebro la causa de este retraso en la evolución. Luego aparecen los movimientos en los labios y esa aparente ecolalia que nos hubiera hecho pensar en una actividad, tal vez, alucinatoria (¿UN AUTISMO?, ¿UN SÍNDROME DE ASPERGER?). 

Más adelante las rabietas y la fijación por un objeto lo hubiera introducido en la categoría de Trastornos Conductuales y, por otra parte, la inquietud permanente, junto con su bloqueo en los aprendizajes, nos hubiera acercado a un TDAH. Finalmente, al llegar a la fuga de la escuela en la adolescencia, sumada ésta a la negativa a informar a los padres, podríamos haber pensado en un Trastorno Oposicionista Desafiante. Con todo este cuadro, en la actualidad este niño hubiera recibido sin duda tratamientos de diversos tipos. Según lo diagnosticado, hubiéramos indicado una orientación u otra en psicoterapia y también le hubiéramos medicado. Por el lado del sistema de protección, tal vez hubiéramos pensado en diversas posibilidades de alejamiento o intervención en el hogar con tal de preservarlo y permitirle hacer su propio proceso. En resumen, por un lado y por el otro, buscaríamos curarlo y protegerlo, usaríamos multitud de recursos y tal vez no conseguiríamos lo que deseábamos.

¿Qué ocurrió con este niño que pintaba tan mal? Aquel niño nacido a finales del siglo XIX, no recibió ninguno de estos tratamientos, excepto el disciplinario escolar que él, según diversos testimonios, no podía soportar; pero gracias a su tío Jacob, un ingeniero con buena formación en matemáticas, comenzó una etapa de aprendizaje impulsado por el placer frente a los descubrimientos que su tío transmitía y así, poco a poco, se convirtió en Albert Einstein.

Primera parte de la Conferencia Inaugural pronunciada por Susana Brignoni, en la Jornada de Debate titulada Uso de la medicación, uso de la palabra de la Fundación Nou Barris y publicada en el nº 13 mayo 2015 de la Revista L´Interrogant de Barcelona órgano de la Fundación. Susana Brignoni es psicóloga y psicoanalista (ELP-AMP) y pertenece al Consejo de Dirección de la Fundación.

Juan Pundik
Presidente

Plataforma Internacional contra la Medicalización de la Infancia

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