Cualquier visitante se siente seguro en la ciudad de Ginebra, porque en las calles nadie está en la zozobra de ser asaltado o pase algo inesperado. Con ello no quiero decir que haya perfección en esta ciudad. Por ejemplo, cuando llegué al Aeropuerto Internacional de Ginebra, en la Oficina de Información Turística, la persona que me atendió ha sido poco amable. Entonces, cualquier turista encontrará siempre algún defecto en la cultura helvética; pese a ello, el orden, la responsabilidad,  la tranquilidad, la dignidad y otros valores humanos  reinan en esta ciudad.

En Ginebra, en ese sentido, los servicios sociales son de primera calidad. En una conversación con una persona de procedencia de nacionalidad boliviana, le pregunté acerca de los lugares donde pueda encontrar restaurantes económicos, ya que los que conocían eran demasiados caros el menú, un promedio de 20 dólares. El boliviano me dijo que buscara los comedores populares que están en diferentes puntos de la ciudad. Y le pregunté: ¿cuánto cuesta un menú en dichos comedores? Me respondió: “Nada. Pero son mejores que estos restaurantes”. 

Aquella afirmación del boliviano, para una persona con cultura latina como yo era poco creíble, aunque me entró la curiosidad de encontrar algún comedor popular para salir de mi asombro. Entonces, llamé por vía Wattassap  a otra persona de Guatemala para que preguntara a su esposa si conocía algún comedor popular (ella vivía en Ginebra mucho más tiempo que él), quien me contestó que mañana nos encontramos a medio día para ir buscar un comedor popular.

Al día siguiente era un día sábado, el guatemalteco sin darme mayores explicaciones me llevó a un comedor popular que estaba cerca al centro de la ciudad. En la puerta, una suiza estaba repartiendo tickets a todas las personas que estaban en la cola y a nosotros también nos dio.  

Aquella mujer suiza al entregarme mi ticket no me preguntó de algún documento personal, si era pobre o inmigrante indocumentado. No me preguntó absolutamente nada de nada, como a todos los comensales solamente se limitó a entregarme el ticket. En la cola había una pareja de jóvenes, personas de mediana edad y mayores, pero ninguno de ellos me pareció que era indigente. Más aún, el guatemalteco me señalaba a algunas mujeres, ‘aquella mujer es de tal o cual país latinoamericano que trabaja en… y recibe buena paga’. Según la esposa del guatemalteco una mujer puede lograr a ganar por una hora de trabajo un promedio de 20 dólares.

En eso, mi guía recibe un mensaje de su esposa indicando que se lo pidiera también un ticket para ella. La controladora en la puerta del ingreso lo denegó el pedido, por tanto, entendimos que la entrega de ticket era para personas presentes en la cola.

Entonces, el guatemalteco me dijo que yo entrara a comer y que él esperaría a su esposa para entrar en el segundo turno. No obstante, le propuse almorzar juntos en el segundo turno, devolvimos los tickets, la suiza nos aceptó sin ningún problema y luego nos dio los tickets para los tres. Tuvimos que esperar una hora y media para el segundo turno, para soportar el intenso frío del invierno (dos grados centígrados bajo cero) caminamos por las calles y luego entramos a un supermercado para “descongelarnos”.

Al llegar la hora del segundo turno, ingresamos al local que estaba muy bien ambientado e implementado con utensilios modernos de cocina, aseo, etc. Los comensales, muchos de ellos eran latinoamericanos especialmente mujeres. El resto de comensales eran también inmigrantes de otros países europeos y algunos suizos de bajos ingresos económicos. En Suiza, un pobre es aquella persona que tiene un ingreso inferior a 2.400 dólares mensuales (La Vanguardia, 05/12/2013).

Nos sirvieron un plato de fondo, un cuarto de pollo asado con papas y ensalada…

POR: Bartolomé Mamani Humpiri