La constructora brasileña Odebrecht pone al descubierto una vez más la maquinaria de corrupción colonial en América Latina. Además, estos actos de corrupción escalofriantes hacen evidenciar la similitud de las culturas de los países latinoamericanos y visibilizan su tradición colonial corrupta, como hemos venido sosteniendo.

Según Giddens, las tradiciones son formas de prácticas sociales creídos como verdaderos que se trasmiten de una generación a otra, donde se norman la manera de actuar de una sociedad (citado por Meentzen, 2007). En ese sentido, los funcionarios públicos implicados en estos actos de corrupción lo único que hacen es cumplir con las normas establecidas por la tradición corrupta colonial en la posición que ocupan cada uno de ellos  en la jerarquía colonial en los 11 países de América Latina (Brasil, Colombia, Argentina, Ecuador, Republica Dominicana, Ecuador, Guatemala, México, Panamá, Venezuela y Perú).

Los operadores de la corrupción de “cuello y corbata” se reproducen en el “molde” colonial en todos los tiempos con algunas innovaciones en los procesos, como revela en la maquinaria de corrupción gestada por  la empresa Odebrecht. Por ejemplo,  estos operadores se valieron del sistema financiero de la modernidad que les permitió mejorar sus operaciones, pero este sistema también ha sido una trampa en que cayeron los mafiosos y fueron descubiertos por la Justicia de Estados Unidos.

¿Por qué las sociedades de América Latina son tan complacientes o tolerantes a la corrupción? Según Charles S. Peirce, las creencias culturales son verdades absolutas que no necesitan de razonamientos ni de pruebas (citado en Fernández, 2007); es decir, las sociedades que viven en este ambiente cultural (inevitable como comer o respirar) aceptan la corrupción como algo natural y creen que no se puede hacer “nada” al respecto. Entonces, todos de una u otra manera participan en la danza de la corrupción, aunque los operadores del “linaje colonial” siempre se llevaran la mayor tajada de la torta.

Además, las sociedades que son más  tolerantes con la corrupción son pobres a nivel cognitivo. Por tanto, en sus diferentes instancias judiciales no cuentan con profesionales capacitados para investigar y juzgar a los operadores de la corrupción, y también nadie duda de que en estas instancias exista la corrupción. Ya que la Justicia de Estados Unidos ha tendido que revelar las coimas que recibían los funcionarios públicos de los países latinoamericanos de la empresa Odebrecht y no sus propias instancias judiciales.

Sin duda, la cultura de la corrupción es una telaraña, es decir, los operadores están instalados en todas las instancias gubernamentales para ejecutar los actos de corrupción y frustrar cualquier iniciativa de investigación.

Mientras prime la danza histórica de la corrupción en los países latinoamericanos, no solamente las obras públicas son y serán de mala calidad y que en poco tiempo se deterioraran, lo peor es que la moral de los habitantes de estos países seguirá degradándose, porque hasta la enseñanzas en los centros educativos es un engaño y no permite la mejora sistemática de la calidad de la salud pública, el crecimiento económico sostenido, etcétera.

¿Se podrá revertir la corrupción en América Latina? Las leyes que rigen a la cultura manifiestan que es muy difícil o imposible de hacerlo. Tendría que gestarse una revolución moral, pero para ello se requiere de hombres dispuestos a todo por los ideales morales. Entonces, estimado lector ¿conoce a alguien en Perú o en América Latina que sea capaz de liderar una revolución moral?

Por: Bartolomé Mamani Humpiri